En las postrimerías del siglo XIX, en Berlín, las potencias coloniales dividieron África en unidades territoriales. Reinos, estados y comunidades africanos que no tenían nada en común se fraccionaron y, por otra parte, se aglutinaron arbitrariamente. Cuando en la década de los sesentas los pueblos africanos lograron su independencia, heredaron estas fronteras coloniales y también los problemas que ellas suponían lograr la unidad nacional. A la par, el marco jurídico que les legaron los europeos contemplaba la explotación de las divisiones locales y no su integración. Comprensible, pues, que la creación de la unión fuera de máxima importancia para los nuevos Estados independientes.

Pero, en aras de esa unidad, los regímenes que padecieron varios países de este continente concentraron excesivamente el poder político y económico, resultando así la supresión del pluralismo político y las consecuencias que esta práctica acarrea: nepotismo, corrupción y abuso de poder. En estos momentos los conflictos graves por cuestiones territoriales han disminuido, si no es que desaparecido; pero no se ha logrado paliar el desafío de forjar una auténtica unidad nacional a partir de comunidades dispares y, a menudo, adversarias.

El carácter de las relaciones comerciales heredadas de la colonia creó distorsiones en la economía política de África: los caminos y rutas comerciales estaban diseñados para el intercambio y beneficio de los europeos, y nunca para apoyar y/o propiciar el desarrollo de la economía autóctona; tampoco estaban creados para incentivar la mejora en los niveles de educación de las fuentes de trabajo. La consecuencia inmediata de lo anterior, fue y es la apropiación de los vestigios de la economía colonial en beneficio de una u otra facción en cada uno de los Estados africanos.

Aunado a eso, la Guerra Fría ayudó a la proliferación de algunos de los conflictos más mortíferos y prolongados en el continente; ¿la razón? las rivalidades entre las superpotencias; los dos bloques hegemónicos originaron y mantuvieron los combates a niveles máximos para, de esa manera, poder mantener un equilibrio entre los Estados aliados de cada uno de ellos.

Una vez terminado el conflicto entre oeste y este, África se encontró sin el apoyo que espuriamente le habían brindado los dos colosos y sus aliados. Pocos regímenes pudieron mantener el estado económico al que estaban acostumbrados o conservar el pleno control político, que alguna vez daban por hecho.


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